sábado, 25 de agosto de 2012

A hard day's night

Me encanta que me unten en una tostada con una pizca de azúcar.

Me gusta que me pongan encima una cucharadita de mermelada.

Tolero que me usen en la fabricación de galletas danesas.

Puedo llegar a comprender que me utilicen en ciertas fases del procesamiento de bollería industrial.

Pero lo que no soporto es que me unten en una plancha y mi única misión sea evitar que un huevo se pegue a la mal llamada superficie antiadherente. Por ahí no paso. Y en múltiples garitos de los USA insisten en que pase.

Esta misma noche, la buena de Katie me ha untado con devoción en la plancha de su coqueto restaurante de Oakhurst, en California. Es una mujer encantadora y hace buena comida, pero no soporto que se me rebaje a esos menesteres. ¡Que soy la mantequilla, pardiez!

lunes, 20 de agosto de 2012

Silencio, se rueda.

Mi existencia ha ido evolucionando hacia el Conocimiento Absoluto gracias a mi don de la ubicuidad. Me encanta conocer sitios nuevos mientras, al mismo tiempo, me relajo viendo una peli con las palomitas. Las palomitas son como los niños humanos. Ruidosas, empalagosas, saltarinas y muy saladas. Y no paran de meter ruido en toda la película.

Palomitas aparte, el cine me parece un gran invento. De lo mejorcito que han inventado los humanos. Yo lo sitúo a la altura de la rueda o de los retretes que te calientan el culo. Hablando de la rueda, dicen los humanos que fue inventada en Mesopotamia sobre el 5.500 a.C. ¡Mentira cochina! La rueda ya se usaba mucho antes en la propia Mesopotamia y en lo que se dio en llamar posteriormente Canaán.

Estoy hablando de los albores del año 7.000 a.C. Contextualicemos. La última ola de frío ya había acabado y llevábamos diez siglos de clima templado. Mientras en Europa el deporte nacional era el lanzamiento de jabalina (a la testa del vecino), en Oriente Próximo ya le daban al coco (cada uno al suyo) sin parar. Lo malo es que la esperanza de vida no llegaba a los cuarenta años y claro, los grandes cerebros de entonces se quedaban a medias en muchos de sus proyectos. La escritura cuneiforme tampoco existía, faltaba algún que otro milenio para eso, y era difícil traspasar el conocimiento. De ahí que se crea que la rueda se inventó tan tarde, pero objetos circulares rodando los hay desde que el hombre y la mujer se expandieron fuera de África.

Una anécdota muy divertida sobre la rueda ocurrió en Jericó. Jericó estaba, y está, en Cisjordania. Rollos políticos aparte, Cisjordania me mola. Y me mola por la anécdota de la rueda. A la rueda misma le encanta también Cisjordania y las pocas veces que coincidimos siempre recordamos aquellos años y nos partimos el ojete. Os voy a contar qué sucedió.

Resulta que había una jovencita en aquella época en Jericó que siempre iba a recolectar alimentos con un hacha desprovista de filo. Tan desprovista de filo que realmente era una rueda de piedra atada a un palo. Un caluroso día de verano, cansada de trabajar, perdió los nervios con una mosca puñetera que no dejaba de molestarle y quiso matarla de un hachazo. De esta situación salieron dos inventos que llegan hasta nuestros días. Por una parte, la expresión “matar moscar a hachazos”, que luego ha ido evolucionando al mismo ritmo que lo han hecho armas. Y por la otra, nació la rueda, ya que en una de tantas sacudidas al aire, la cuerda que ataba la piedra al palo cedió y la rueda salió volando y rodó durante 20 codos mesopotámicos. El resto de recolectores se quedó flipando y atribuyeron a aquella chica poderes sobrenaturales. La coronaron como Nueva Diosa.

En tiempos de religiones politeístas hasta el absurdo, cualquiera puede ser un dios. Incluso una cría torpe. Fueron siete años de deidad ininterrumpidos y de un retroceso cultural sin parangón. Porque claro, en todo Cisjordania se puso de moda matar moscas con el hacha hasta lograr que la cuerda cediera y surgiera otra rueda. Pero nadie lo logró con la precisión de la Nueva Diosa. Que para algo era una diosa al fin y al cabo. Mientras tanto, la rueda estaba en un pedestal junto al altar de la Nueva. Dice la rueda que fueron buenos tiempos para ella, pero yo siempre la veía tristona, como echando de menos rodar.
Un par de lustros después, la Nueva decidió por su propia voluntad, oh arrodillaos todos, abandonar su cuerpo impuro y ascender al gran manto azulado, desde donde velaría por el bien de su pueblo por toda la eternidad. Viendo el transcurso de los milenios venideros, a mí me da que la chiquilla esa lleva tiempo mirando hacia otro lado.

Por su parte, la rueda fue literalmente bajada de su pedestal tras la ascensión de la Nueva para trasladarla al C.M.A.D. (Centro para el Mantenimiento de Artilugios Divinos), a fin de pasarle el trapo del polvo. Lamentablemente, se estaba desarrollando una eucaristía a pie de calle en el momento de la maniobra y el jolgorio distrajo la atención del responsable de transporte interurbano. Como resultado, la rueda se calló y se rompió en pedazos.

Es conveniente aclarar que las eucaristías locales consistían, a la sazón, en un puñado de fervientes religiosos lanzando hachazos al aire y eran frecuentes los gritos de dolor tras cercenamientos involuntarios o explosiones fortuitas de globos oculares. Sabido esto, se entenderá mejor el porqué del despiste de la comitiva de transporte.

El caso es que la rueda se rompió. Al enterarse del inoportuno sucedido, los conservacionistas de antaño, que también los había pese a lo poco que había que conservar, quisieron limpiar los fragmentos y organizar visitas guiadas a los restos, previo pago. Sin embargo, el instinto de conservación, nótese la ironía, del transportista manazas actuó más rápido y los escombros resultantes del ruedicidio -palabra que nació en ese momento, pero en desuso desde entonces- descansaban ya en el fondo del río. Y he aquí por cierto la primera asociación histórica de una deidad al río Jordán.

jueves, 16 de agosto de 2012

10.000 a.C.

Mis primeros siglos de existencia fueron a saltos. Los humanos de entonces me fueron descubriendo de forma más o menos continua en varios lugares del planeta. Pero no se me tenía mucho aprecio y me llamaban cosas como “la leche chunga”, “esa cosa pastosa que sale si revuelves la leche”, o directamente “mierda amarillenta”. He de reconocer que mierda amarillenta era mi nombre primitivo favorito, porque era el único que me confería identidad propia sin referenciar a mi madre, la leche. Que madre no hay más que una y a la mía la quiero como la que más, pero una tiene su orgullo.

Como iba diciendo, mis comienzos fueron a saltos. Eso de que seas creada, destruida, vuelta a crear meses después en otro rincón del planeta, vuelta a destruir, y así durante años y años, acaba por estresarte. Y la mantequilla estresada sabe peor. Por eso, entre una cosa y la otra, no guardo mucho cariño al cachito de paleolítico superior que me tocó vivir.

Recuerdo que en la zona del actual Egipto (o yo creo que era Egipto) me tenían cierto aprecio. Era en una aldea de varias docenas de personas. La última gran glaciación estaba en vías de acabarse y ese calor extra me vino de perlas. La aldea Kotep, que así se llamaba, me usaba tanto como alimento como para sus rituales religiosos. Les molaba eso de ponerme bajo el sol y que el gran Cántaro Amarillo me derritiera para así poder dar de comer a sus crías. Hay que ver qué fijación han tenido siempre los egipcios con el sol. Pero no me quejo de mis tiempos en Kotep, era un pueblo avanzado para la época. Su sociedad se dividía en recolectores de grano, pescadores y cazadores. Pude ver algo de mundo y conocí un río que probablemente era el Nilo.

Como soy la mantequilla y tengo una conciencia global de todo mi ser, mis vivencias en Kotep se veían salpicadas por pequeños destellos de existencia en Europa y Asia. Me costó casi mil años hacerme un mapa aproximado en mi cabeza de dónde estaba en cada momento. La ubicación instantánea es una habilidad difícil de controlar, no es como conectar el GPS y darle a calcular ruta. En cualquier caso, Kotep desapareció tras seis generaciones por una epidemia y no fue hasta casi mil años después cuando volví a sentirme importante.

Estoy hablando de la última ola de frío, la del 9.000 a.C. Duró unos mil años y me dio fama en Europa. Aquellos primeros europeos eran gente muy cachonda, aunque no solían mostrarlo de puertas para afuera. Me guardaban al aire libre, en cuencos de piedra tallados y decorados por ellos mismos, qué cucos. Mi principal función era la de conservar los alimentos. Pescado y carne en su mayoría.

Me gustaría poder contar batallitas del abuelo cebolleta, decir aquello de “en mis tiempos se vivía mejor”, o “la juventud ya no es lo que era”. Pero lo cierto es que fue una época aburrida, no se vivía mejor y la juventud ha sido exactamente igual a lo largo de toda la historia. Vale que los niños de entonces, en vez de matar el tiempo en internet, mataban niños de clanes rivales a guijarrazos. Pero no se lo tengáis en cuenta. Eran otros tiempos.

martes, 14 de agosto de 2012

Me presento, soy la mantequilla.

La mayoría de los humanos piensan que la mantequilla no tiene consciencia. ¡Pues vaya si la tengo! Pero ya se sabe que los humanos son muy suyos, como acostumbra a decirme mi buen amigo el césped siempre que nos encontramos tras cada demostración empírica de la Ley de Murphy.

Llevo más de diez mil años de aquí para allá, desde que el buen Smoh me batiera por primera vez en algún lugar de África, de cuyo nombre quiero, pero no puedo, acordarme. Por aquellos tiempos, mi capacidad de percibir lo que me rodeaba era muy limitada. Yo tenía mis pensamientos intimistas, mis vagos recuerdos de mi vida anterior como leche de cabra y poco más.

Aún espero el día en que los humanos descubran el sitio exacto de mi nacimiento, me haría mucha ilusión ir de visita un fin de semana. Los humanos son individuos aislados sin conciencia colectiva, pero algunos especímenes son ciertamente fabulosos y no me queda otra que confiar en ellos. Porque, pese a que soy la mantequilla y mi percepción del cosmos y el espacio/tiempo es comparable a la de Dios, mi configuración molecular me dificulta enormemente la investigación a pie de campo. C'est la vie.