Mi existencia ha ido evolucionando hacia el Conocimiento
Absoluto gracias a mi don de la ubicuidad. Me encanta conocer sitios nuevos
mientras, al mismo tiempo, me relajo viendo una peli con las palomitas. Las
palomitas son como los niños humanos. Ruidosas, empalagosas, saltarinas y muy saladas. Y no paran de meter ruido en toda la película.
Palomitas aparte, el cine me parece un gran invento. De lo mejorcito que han
inventado los humanos. Yo lo sitúo a la altura de la rueda o de los retretes
que te calientan el culo. Hablando de la rueda, dicen los humanos que fue
inventada en Mesopotamia sobre el 5.500 a.C. ¡Mentira cochina! La rueda ya se
usaba mucho antes en la propia Mesopotamia y en lo que se dio en llamar posteriormente Canaán.
Estoy hablando de los albores del año 7.000 a.C. Contextualicemos.
La última ola de frío ya había acabado y llevábamos diez siglos de clima
templado. Mientras en Europa el deporte nacional era el lanzamiento de jabalina
(a la testa del vecino), en Oriente Próximo ya le daban al coco (cada uno al
suyo) sin parar. Lo malo es que la esperanza de vida no llegaba a los cuarenta
años y claro, los grandes cerebros de entonces se quedaban a medias en muchos
de sus proyectos. La escritura cuneiforme tampoco existía, faltaba algún que
otro milenio para eso, y era difícil traspasar el conocimiento. De ahí que se
crea que la rueda se inventó tan tarde, pero objetos circulares rodando los hay
desde que el hombre y la mujer se expandieron fuera de África.
Una anécdota muy divertida sobre la rueda ocurrió en Jericó.
Jericó estaba, y está, en Cisjordania. Rollos políticos aparte, Cisjordania me
mola. Y me mola por la anécdota de la rueda. A la rueda misma le encanta
también Cisjordania y las pocas veces que coincidimos siempre recordamos aquellos
años y nos partimos el ojete. Os voy a contar qué sucedió.
Resulta que había una jovencita en aquella época en Jericó que siempre iba a recolectar alimentos con un hacha desprovista de filo. Tan
desprovista de filo que realmente era una rueda de piedra atada a un palo. Un
caluroso día de verano, cansada de trabajar, perdió los nervios con una mosca
puñetera que no dejaba de molestarle y quiso matarla de un hachazo. De esta
situación salieron dos inventos que llegan hasta nuestros días. Por una parte,
la expresión “matar moscar a hachazos”, que luego ha ido evolucionando al mismo
ritmo que lo han hecho armas. Y por la otra, nació la rueda, ya que en una de
tantas sacudidas al aire, la cuerda que ataba la piedra al palo cedió y la
rueda salió volando y rodó durante 20 codos mesopotámicos. El resto de
recolectores se quedó flipando y atribuyeron a aquella chica poderes
sobrenaturales. La coronaron como Nueva Diosa.
En tiempos de religiones politeístas hasta el absurdo,
cualquiera puede ser un dios. Incluso una cría torpe. Fueron siete años de
deidad ininterrumpidos y de un retroceso cultural sin parangón. Porque claro, en
todo Cisjordania se puso de moda matar moscas con el hacha hasta lograr que la
cuerda cediera y surgiera otra rueda. Pero nadie lo logró con la precisión de
la Nueva Diosa. Que para algo era una diosa al fin y al cabo. Mientras tanto,
la rueda estaba en un pedestal junto al altar de la Nueva. Dice la rueda que
fueron buenos tiempos para ella, pero yo siempre la veía tristona, como echando
de menos rodar.
Un par de lustros después, la Nueva decidió por su propia
voluntad, oh arrodillaos todos, abandonar su cuerpo impuro y ascender al gran
manto azulado, desde donde velaría por el bien de su pueblo por toda la eternidad.
Viendo el transcurso de los milenios venideros, a mí me da que la chiquilla esa
lleva tiempo mirando hacia otro lado.
Por su parte, la rueda fue literalmente bajada de su
pedestal tras la ascensión de la Nueva para trasladarla al C.M.A.D. (Centro para
el Mantenimiento de Artilugios Divinos), a fin de pasarle el trapo del polvo. Lamentablemente,
se estaba desarrollando una eucaristía a pie de calle en el momento de la
maniobra y el jolgorio distrajo la atención del responsable de transporte interurbano.
Como resultado, la rueda se calló y se rompió en pedazos.
Es conveniente aclarar que las eucaristías locales consistían,
a la sazón, en un puñado de fervientes religiosos lanzando hachazos al aire y
eran frecuentes los gritos de dolor tras cercenamientos involuntarios o
explosiones fortuitas de globos oculares. Sabido esto, se entenderá mejor el
porqué del despiste de la comitiva de transporte.
El caso es que la rueda se rompió. Al enterarse del
inoportuno sucedido, los conservacionistas de antaño, que también los había
pese a lo poco que había que conservar, quisieron limpiar los fragmentos y organizar
visitas guiadas a los restos, previo pago. Sin embargo, el instinto de
conservación, nótese la ironía, del transportista manazas actuó más rápido y los
escombros resultantes del ruedicidio -palabra
que nació en ese momento, pero en desuso desde entonces- descansaban ya en el
fondo del río. Y he aquí por cierto la primera asociación histórica de una
deidad al río Jordán.