Me encanta que me unten en una tostada con una pizca de azúcar.
Me gusta que me pongan encima una cucharadita de mermelada.
Tolero que me usen en la fabricación de galletas danesas.
Puedo llegar a comprender que me utilicen en ciertas fases del procesamiento de bollería industrial.
Pero lo que no soporto es que me unten en una plancha y mi única misión sea evitar que un huevo se pegue a la mal llamada superficie antiadherente. Por ahí no paso. Y en múltiples garitos de los USA insisten en que pase.
Esta misma noche, la buena de Katie me ha untado con devoción en la plancha de su coqueto restaurante de Oakhurst, en California. Es una mujer encantadora y hace buena comida, pero no soporto que se me rebaje a esos menesteres. ¡Que soy la mantequilla, pardiez!
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