lunes, 20 de agosto de 2012

Silencio, se rueda.

Mi existencia ha ido evolucionando hacia el Conocimiento Absoluto gracias a mi don de la ubicuidad. Me encanta conocer sitios nuevos mientras, al mismo tiempo, me relajo viendo una peli con las palomitas. Las palomitas son como los niños humanos. Ruidosas, empalagosas, saltarinas y muy saladas. Y no paran de meter ruido en toda la película.

Palomitas aparte, el cine me parece un gran invento. De lo mejorcito que han inventado los humanos. Yo lo sitúo a la altura de la rueda o de los retretes que te calientan el culo. Hablando de la rueda, dicen los humanos que fue inventada en Mesopotamia sobre el 5.500 a.C. ¡Mentira cochina! La rueda ya se usaba mucho antes en la propia Mesopotamia y en lo que se dio en llamar posteriormente Canaán.

Estoy hablando de los albores del año 7.000 a.C. Contextualicemos. La última ola de frío ya había acabado y llevábamos diez siglos de clima templado. Mientras en Europa el deporte nacional era el lanzamiento de jabalina (a la testa del vecino), en Oriente Próximo ya le daban al coco (cada uno al suyo) sin parar. Lo malo es que la esperanza de vida no llegaba a los cuarenta años y claro, los grandes cerebros de entonces se quedaban a medias en muchos de sus proyectos. La escritura cuneiforme tampoco existía, faltaba algún que otro milenio para eso, y era difícil traspasar el conocimiento. De ahí que se crea que la rueda se inventó tan tarde, pero objetos circulares rodando los hay desde que el hombre y la mujer se expandieron fuera de África.

Una anécdota muy divertida sobre la rueda ocurrió en Jericó. Jericó estaba, y está, en Cisjordania. Rollos políticos aparte, Cisjordania me mola. Y me mola por la anécdota de la rueda. A la rueda misma le encanta también Cisjordania y las pocas veces que coincidimos siempre recordamos aquellos años y nos partimos el ojete. Os voy a contar qué sucedió.

Resulta que había una jovencita en aquella época en Jericó que siempre iba a recolectar alimentos con un hacha desprovista de filo. Tan desprovista de filo que realmente era una rueda de piedra atada a un palo. Un caluroso día de verano, cansada de trabajar, perdió los nervios con una mosca puñetera que no dejaba de molestarle y quiso matarla de un hachazo. De esta situación salieron dos inventos que llegan hasta nuestros días. Por una parte, la expresión “matar moscar a hachazos”, que luego ha ido evolucionando al mismo ritmo que lo han hecho armas. Y por la otra, nació la rueda, ya que en una de tantas sacudidas al aire, la cuerda que ataba la piedra al palo cedió y la rueda salió volando y rodó durante 20 codos mesopotámicos. El resto de recolectores se quedó flipando y atribuyeron a aquella chica poderes sobrenaturales. La coronaron como Nueva Diosa.

En tiempos de religiones politeístas hasta el absurdo, cualquiera puede ser un dios. Incluso una cría torpe. Fueron siete años de deidad ininterrumpidos y de un retroceso cultural sin parangón. Porque claro, en todo Cisjordania se puso de moda matar moscas con el hacha hasta lograr que la cuerda cediera y surgiera otra rueda. Pero nadie lo logró con la precisión de la Nueva Diosa. Que para algo era una diosa al fin y al cabo. Mientras tanto, la rueda estaba en un pedestal junto al altar de la Nueva. Dice la rueda que fueron buenos tiempos para ella, pero yo siempre la veía tristona, como echando de menos rodar.
Un par de lustros después, la Nueva decidió por su propia voluntad, oh arrodillaos todos, abandonar su cuerpo impuro y ascender al gran manto azulado, desde donde velaría por el bien de su pueblo por toda la eternidad. Viendo el transcurso de los milenios venideros, a mí me da que la chiquilla esa lleva tiempo mirando hacia otro lado.

Por su parte, la rueda fue literalmente bajada de su pedestal tras la ascensión de la Nueva para trasladarla al C.M.A.D. (Centro para el Mantenimiento de Artilugios Divinos), a fin de pasarle el trapo del polvo. Lamentablemente, se estaba desarrollando una eucaristía a pie de calle en el momento de la maniobra y el jolgorio distrajo la atención del responsable de transporte interurbano. Como resultado, la rueda se calló y se rompió en pedazos.

Es conveniente aclarar que las eucaristías locales consistían, a la sazón, en un puñado de fervientes religiosos lanzando hachazos al aire y eran frecuentes los gritos de dolor tras cercenamientos involuntarios o explosiones fortuitas de globos oculares. Sabido esto, se entenderá mejor el porqué del despiste de la comitiva de transporte.

El caso es que la rueda se rompió. Al enterarse del inoportuno sucedido, los conservacionistas de antaño, que también los había pese a lo poco que había que conservar, quisieron limpiar los fragmentos y organizar visitas guiadas a los restos, previo pago. Sin embargo, el instinto de conservación, nótese la ironía, del transportista manazas actuó más rápido y los escombros resultantes del ruedicidio -palabra que nació en ese momento, pero en desuso desde entonces- descansaban ya en el fondo del río. Y he aquí por cierto la primera asociación histórica de una deidad al río Jordán.

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