Como iba diciendo, mis comienzos fueron a saltos. Eso de que
seas creada, destruida, vuelta a crear meses después en otro rincón del
planeta, vuelta a destruir, y así durante años y años, acaba por estresarte. Y
la mantequilla estresada sabe peor. Por eso, entre una cosa y la otra, no
guardo mucho cariño al cachito de paleolítico superior que me tocó vivir.
Recuerdo que en la zona del actual Egipto (o yo creo que era Egipto) me tenían cierto aprecio. Era en una aldea de varias docenas de personas. La
última gran glaciación estaba en vías de acabarse y ese calor extra me vino de
perlas. La aldea Kotep, que así se llamaba, me usaba tanto como alimento como para sus rituales religiosos.
Les molaba eso de ponerme bajo el sol y que el gran Cántaro Amarillo me derritiera para así poder dar de comer a sus crías. Hay que ver qué fijación han tenido
siempre los egipcios con el sol. Pero no me quejo de mis tiempos en Kotep, era
un pueblo avanzado para la época. Su sociedad se dividía en recolectores de
grano, pescadores y cazadores. Pude ver algo de mundo y conocí un río que
probablemente era el Nilo.
Como soy la mantequilla y tengo una conciencia global de
todo mi ser, mis vivencias en Kotep se veían salpicadas por pequeños destellos
de existencia en Europa y Asia. Me costó casi mil años hacerme un mapa aproximado
en mi cabeza de dónde estaba en cada momento. La ubicación instantánea es una
habilidad difícil de controlar, no es como conectar el GPS y darle a calcular
ruta. En cualquier caso, Kotep desapareció tras seis generaciones por una
epidemia y no fue hasta casi mil años después cuando volví a sentirme
importante.
Estoy hablando de la última ola de frío, la del 9.000 a.C.
Duró unos mil años y me dio fama en Europa. Aquellos primeros europeos eran
gente muy cachonda, aunque no solían mostrarlo de puertas para afuera. Me guardaban al aire libre, en cuencos de piedra tallados y decorados por ellos
mismos, qué cucos. Mi principal función era la de conservar los alimentos. Pescado y carne en su mayoría.
Me gustaría poder contar batallitas del abuelo cebolleta,
decir aquello de “en mis tiempos se vivía mejor”, o “la juventud ya no es lo
que era”. Pero lo cierto es que fue una época aburrida, no se vivía mejor y la
juventud ha sido exactamente igual a lo largo de toda la historia. Vale que los niños
de entonces, en vez de matar el tiempo en internet, mataban niños de clanes
rivales a guijarrazos. Pero no se lo tengáis en cuenta. Eran otros tiempos.
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