jueves, 16 de agosto de 2012

10.000 a.C.

Mis primeros siglos de existencia fueron a saltos. Los humanos de entonces me fueron descubriendo de forma más o menos continua en varios lugares del planeta. Pero no se me tenía mucho aprecio y me llamaban cosas como “la leche chunga”, “esa cosa pastosa que sale si revuelves la leche”, o directamente “mierda amarillenta”. He de reconocer que mierda amarillenta era mi nombre primitivo favorito, porque era el único que me confería identidad propia sin referenciar a mi madre, la leche. Que madre no hay más que una y a la mía la quiero como la que más, pero una tiene su orgullo.

Como iba diciendo, mis comienzos fueron a saltos. Eso de que seas creada, destruida, vuelta a crear meses después en otro rincón del planeta, vuelta a destruir, y así durante años y años, acaba por estresarte. Y la mantequilla estresada sabe peor. Por eso, entre una cosa y la otra, no guardo mucho cariño al cachito de paleolítico superior que me tocó vivir.

Recuerdo que en la zona del actual Egipto (o yo creo que era Egipto) me tenían cierto aprecio. Era en una aldea de varias docenas de personas. La última gran glaciación estaba en vías de acabarse y ese calor extra me vino de perlas. La aldea Kotep, que así se llamaba, me usaba tanto como alimento como para sus rituales religiosos. Les molaba eso de ponerme bajo el sol y que el gran Cántaro Amarillo me derritiera para así poder dar de comer a sus crías. Hay que ver qué fijación han tenido siempre los egipcios con el sol. Pero no me quejo de mis tiempos en Kotep, era un pueblo avanzado para la época. Su sociedad se dividía en recolectores de grano, pescadores y cazadores. Pude ver algo de mundo y conocí un río que probablemente era el Nilo.

Como soy la mantequilla y tengo una conciencia global de todo mi ser, mis vivencias en Kotep se veían salpicadas por pequeños destellos de existencia en Europa y Asia. Me costó casi mil años hacerme un mapa aproximado en mi cabeza de dónde estaba en cada momento. La ubicación instantánea es una habilidad difícil de controlar, no es como conectar el GPS y darle a calcular ruta. En cualquier caso, Kotep desapareció tras seis generaciones por una epidemia y no fue hasta casi mil años después cuando volví a sentirme importante.

Estoy hablando de la última ola de frío, la del 9.000 a.C. Duró unos mil años y me dio fama en Europa. Aquellos primeros europeos eran gente muy cachonda, aunque no solían mostrarlo de puertas para afuera. Me guardaban al aire libre, en cuencos de piedra tallados y decorados por ellos mismos, qué cucos. Mi principal función era la de conservar los alimentos. Pescado y carne en su mayoría.

Me gustaría poder contar batallitas del abuelo cebolleta, decir aquello de “en mis tiempos se vivía mejor”, o “la juventud ya no es lo que era”. Pero lo cierto es que fue una época aburrida, no se vivía mejor y la juventud ha sido exactamente igual a lo largo de toda la historia. Vale que los niños de entonces, en vez de matar el tiempo en internet, mataban niños de clanes rivales a guijarrazos. Pero no se lo tengáis en cuenta. Eran otros tiempos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario